Michael Samlowski

Recuerdos de Jakob Horn

No conocí al joven Jakob Horn, a aquel que siendo alumno asumió la gerencia de una cooperativa lechera en Estiria; a aquel que siendo un estudiante sin dinero compró mediante regateo un Mercedes antiguo; a aquel que en el movimiento estudiantil fue vocero y miembro de la Federación Alemana de Estudiantes; a aquel que en Berlín, en el Departamento de Servicio Externo de la Freie Universität, prestaba asistencia a los estudiantes extranjeros; a aquel que junto con otros colegas fundó la Asociación Alemana de Politólogos, de la cual fue presidente; a aquel que en su calidad de consultor de la DVV fue a Bonn y dictó cursos para educadores africanos de adultos que trabajaban en Etiopía y Sudán; a aquel que fue encargado para Latinoamérica, subdirector y luego director del departamento de cooperación internacional de la DVV.

Cuando nos encontramos por primera vez, el instituto aún se llamaba «Fachstelle für internationale Zusammenarbeit des DVV» (oficina técnica de cooperación internacional de la DVV). Ya se había posicionado sólidamente en el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo como organismo ejecutor de la cooperación para el desarrollo en el área de la educación de adultos. Empleaba a una serie de colaboradores en el extranjero, tanto en África como en Latinoamérica, aunque en esta última región sólo en Colombia, donde la DVV dirigía un proyecto piloto, el centro de educación de adultos «Alfonso López Pumarejo», en los barrios pobres de Cali, la tercera ciudad más grande de Colombia. Este centro contaba con el pleno reconocimiento del Ministerio, de la Embajada y de los socios colombianos; además, era frecuentado por parlamentarios en sus viajes de visita y por representantes de los medios de comunicación en sus investigaciones sobre Latinoamérica

Como gestor de proyectos de desarrollo, me habían sugerido tener en cuenta a la DVV cuando preparaba mi traslado a la Sociedad Alemana de Cooperación Técnica (GTZ) en Colombia, dentro del marco de un proyecto de capacitación para profesores, que también se llevaba a cabo en Cali. Me habían recomendado establecer contacto con el Instituto con miras a una posible cooperación futura en el lugar. En mi visita a la DVV experimenté lo que después volvería a experimentar una y otra vez: Jakob era un anfitrión amable. Se tomaba mucho tiempo para conversar con uno, demostraba un interés personal, estaba preparado para acoger a su huésped, incluso conocía mi tesis de doctorado que se encontraba en la biblioteca de dicha oficina técnica. Hacía y contestaba preguntas, y respondía a otras que yo había olvidado formular. Me invitó a una fiesta de cumpleaños que ese día se celebraba en la oficina, me condujo por las dependencias y me presentó a los colaboradores. En fin, me comunicó la sensación de que me agradaría trabajar para su oficina si alguna vez se diera la ocasión en el futuro. Lograba crear un clima muy distinto al que reinaba en la GTZ. Aquí, en la oficina, se respiraba un ambiente de familiaridad, calidez e interés personal, y al mismo tiempo de profesionalidad y eficiencia.

En aquel tiempo, él mismo se ocupaba aún de los proyectos de la DVV en Latinoamérica, y prometió reanudar los contactos en su próximo viaje de proyecto a Colombia. Para mi fortuna, cumplió con su promesa, porque de esos contactos resultó mi colaboración en la DVV, primero en Colombia propiamente tal y luego, por el resto de mi vida profesional, en la sede central en Bonn.

Querido Heribert:

Le ruego acepte, a nombre del Instituto de Cooperación Internacional, mis condolencias por la muerte de Jacob Horn. Me gustaría expresar al mismo tiempo mi gratitud por la gran contribución que él hizo al trabajo y desarrollo de la educación de adultos, no sólo en Alemania sino en todo el mundo. Uganda se ha benefi - ciado mucho del Instituto durante el tiempo en que él fue director.

Anthony Okech
Departamento de Educación de Adultos y Estudios de Comunicación Universidad de Makerere – Uganda

Visita de proyecto en Colombia, entrevistas en Bogotá con la Embajada, el Ministerio de Educación y socios. Jakob y yo estamos alojados en el Hotel Bacatá, un hotel decente, pero no de lo mejor de Bogotá, donde solían alojarse las visitas ministeriales y de proyecto. Nunca fue el estilo de Jakob viajar en clase ejecutiva en sus misiones de servicio o alojar en hoteles de lujo. Recuerdo nítidamente la gracia que le causó la actitud de un experto que pagó de su bolsillo el recargo de un pasaje en primera clase para así hacer notar su importancia frente a los socios. Luego de realizar diversas actividades durante el día, nos juntamos para cenar. Cuando regreso al hotel, me encuentro con Jakob de espléndido humor. Está en la calle delante del hotel haciéndose lustrar los zapatos y conversando con un vendedor callejero que vendía esmeraldas supuestamente auténticas, al cual le da a entender que obviamente había descubierto sus artimañas, pero tomándoselo con humor y comprendiendo que cada uno debe ver cómo se las arregla. Nunca le temió al contacto con personas de otros estratos sociales o de otro nivel cultural; recuerdo muchas escenas en que dialogaba muy animadamente con los asistentes a los cursos impartidos en los pueblos y en los barrios pobres.

Viaje a Bangkok para asistir a la conferencia mundial del Consejo Internacional de Educación de Adultos (ICAE). El avión está a medio llenar con turistas, principalmente varones. Justo delante de nosotros se sienta un grupo de Baja Baviera. Jakob comienza a someterlos a un intenso interrogatorio acerca de sus planes de vacaciones, adoptando el acento bávaro (que nunca dominó del todo, pues su alemán estaba más bien marcado por sus años escolares que transcurrieron en Graz) y tuteándolos. Realmente no creo que su intención fuera hacerles sentir cargo de conciencia, o sembrar en ellos siquiera una leve duda. Creo más bien que sentía genuina curiosidad por conocer los motivos que llevan a gente sencilla de Baja Baviera a viajar en grupo a lugares exóticos. Para mí, como observador, ver la facilidad con que Jakob entablaba una facilidad con que Jakob entablaba una conversación con personas totalmente desconocidas, sin importar si eran médicos, turistas, ministros o campesinas, era siempre un fenómeno asombroso.

Encuentro de los participantes en procedimiento de inscripción para la conferencia mundial del ICAE. Un tumulto de personas de todo el mundo. Gritos de alegría. Jakob abraza a un enorme negro sudanés y dice, probablemente en árabe, “Fantasía Arabia”, y todos quienes los rodean se ríen, sobre todo los dos que volvieron a verse. Durante los cursos que impartió en los años setenta en diversos países africanos (entre otros, de serigrafía con técnica adaptada, como se documenta en este volúmen) hizo amistades que mantuvo durante toda su vida.

Visita a la Embajada de Alemania. Espera previa a nuestra cita con el embajador. Escuchamos una conversación en el pasillo en que un miembro del personal alemán local contratado le consulta a un empleado de la Embajada sobre el tipo de cambio para vender dólares. Jakob se dirige enérgicamente al empleado y le pregunta si la Embajada se dedica al cambio privado de dinero. Cuando el empleado se lo confirma con una sonrisa a modo de disculpa, Jakob le da una lección sobre las funciones del personal de la Embajada y la obligación de cumplir con las leyes nacionales, que – le señala- no debía haber olvidado. Cuando los colaboradores en el extranjero querían obtener pequeñas ventajas, como con el cambio privado de dinero o con el ingreso de chocolates y licores sin pagar impuestos, Jakob era extraordinariamente estricto. Nunca cerró los ojos a las realidades y costumbres, pero no le gustaba que los extranjeros en los países en desarrollo se permitieran disfrutar de privilegios adicionales a los que ya tenían. Ello no era compatible con su concepto de equidad social.

Visita al Ministerio de Educación, entrevista con el encargado de cooperación internacional. Surgen opiniones divergentes. Jakob, que siempre conversa con todos y sobre cualquier tema en español, habla en alemán y hace que un intérprete le traduzca palabra por palabra. Irradia seriedad y precisión. Haciendo gala de extrema amabilidad, no permite que surja ni la más mínima sombra de duda acerca de la posición de la DVV. Nunca abandona el tono cordial. La crisis se disipa, alivio general, los interlocutores vuelven a reír y Jakob vuelve a hablar español.

Jakob siempre se comunicaba con todos, incluso cuando sus conocimientos del idioma no eran en realidad suficientes. Como decía un colega una vez, los idiomas extranjeros nunca fueron un obstáculo para Jakob Horn, sino que siempre plantearon un desafío a su creatividad. Pero sabía muy bien cuando era apropiado usar un lenguaje informal y cuando no.

Jakob Horn with colleagues from Bonn and Lim Hoy Pick from Singapore

 

 

 

 

 

 

Jakob Horn con sus colegas de Bonn y Lim Hoy Pick de Singapur

Fuente: DVV International



Jakob nunca ocultó su opinión sobre asuntos polémicos, sino que la defendía con toda claridad. En varias ocasiones me tocó presenciar cómo abordaba a interlocutores cuyas opiniones consideraba estúpidas o desinformadas. Aún así, lograba evitar – de alguna forma – que perduraran los rencores. Conseguía salvar los escollos gracias a su humanidad, su curiosidad por los demás y su respeto. Recuerdo con claridad un intercambio de palabras bastante acalorado, que tuvo lugar durante una cena en un restaurante en Sofía, con un alemán de uno de los nuevos estados federados cuyas observaciones Jakob calificó de palabrería oportunista propia de un tránsfuga. En todo caso, ambos terminaron tuteándose y despidiéndose con un abrazo caluroso. Recuerdo una conversación más complicada con un funcionario de la Embajada de Israel en Bonn, a quien Jakob no le ocultó en lo más mínimo su postura crítica frente a la política israelí contra los palestinos. Que esta conversación no derivara en un escándalo fue gracias a que Jakob poseía conocimientos profundos y detallados sobre el Estado de Israel y la historia del movimiento judío, lo que lo convertía en un interlocutor válido, y también gracias a que en sus tiempos de estudiante en Berlín trabó una amistad personal con muchos compañeros israelíes, vínculos que se mantuvieron hasta su muerte.

Una de las características más importantes de Jakob, tal vez la más notable, era su confiabilidad. Cumplía con sus compromisos, se atenía a lo acordado y prestaba su apoyo siempre que era necesario. Un ejemplo de lo anterior se sitúa en el período – lamentablemente no siempre exento de roces – en que llevé a cabo mi trabajo de proyecto en Colombia: cuando me ausenté del país por algunas semanas, mi socio de la gobernación del Departamento de Santander vio – al parecer – la oportunidad de hacer uso del equipamiento de nuestra oficina en Bucaramanga. El asunto es que mandó a su gente y le ordenó retirar los muebles de nuestra oficina los que, según decía, debían entregarse. Mi mujer, que en ese entonces con siete meses de embarazo trabajaba en la contabilidad del proyecto como empleada local, se vio así en el trance de tener que defender, sin la autoridad formal, los intereses de la DVV frente a ese descarado acto de invasión. En esa oportunidad, Jakob le brindó todo su apoyo formal y moral. Le sugirió recurrir a un abogado y consignar los incidentes en actas jurídicamente vinculantes; envió al director del proyecto vecino a Santander; y personalmente se tomó el tiempo para hablar con ella detenidamente sobre la situación todas las noches luego de finalizar la jornada laboral en Colombia (lo que para él significaba permanecer despierto hasta más allá de la una o dos de la madrugada en Alemania), para aconsejarla paso a paso, y – quizás lo más importante – para consolarla. Podía confiarse en su apoyo y solidaridad.

Debate en la oficina. Los supervisores del Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo - BMZ - están de visita. Jakob se encarga de la conversación de recibimiento con los revisores junto a nuestra directora administrativa. En realidad, no se le puede llamar conversación: él platica, cuenta anécdotas, alaba al BMZ, nombra a personas, elogia el trabajo de los supervisores, y asimismo intercala referencias a complicaciones surgidas en un proyecto o en otro, por las que pide comprensión de antemano; luego vuelve a aludir a una anécdota o a un recuerdo común. Los supervisores ya conocen este procedimiento y siempre se muestran dispuestos a adoptar una actitud positiva. Saben apreciar el hecho de que su labor cuenta con pleno apoyo en el instituto. Jakob siempre subrayó que no veía a los supervisores como inspectores molestos, sino como socios constructivos. Todos los colaboradores están a su disposición, los archivadores con liquidaciones y correspondencia se encuentran ya en la sala de reunión que durante esos días queda para uso exclusivo de los supervisores. Todos los asuntos que puedan llamar la atención de los supervisores son aclarados del modo más exhaustivo posible; en el debate final se admiten errores no subsanables. No se oculta nada ni se recurre a evasivas al tratar un problema; se aceptan las críticas y las correcciones, aunque no es mucho lo que se corrige.

Puede decirse que esa era la piedra angular de su filosofía. A fin de cuentas, la cooperación sólo puede basarse en el juego limpio y en la confianza. A la larga no conseguiremos nada si evitamos mostrar todas nuestras cartas al proveedor de los fondos, si arreglamos los informes, si exageramos nuestros propios logros y disimulamos u ocultamos los problemas. La credibilidad requiere honradez, y es preferible abordar un problema y pedir ayuda para solucionarlo que esperar que los supervisores no se percaten de nada en su próxima visita a la oficina. Siempre habrá dificultades en la colaboración en un proyecto, especialmente en una asociación en la que no se tiene todo el control. El hecho de admitir esta situación y advertir sobre ella con anticipación genera confianza y fortalece las bases de la cooperación.

La confianza también fue siempre la base de la relación de Jakob con sus colaboradores, quienes gozaban de gran libertad en la manera de realizar sus tareas. La iniciativa era una cualidad siempre bienvenida y rara vez se rechazaban las sugerencias. Si aun así surgían motivos para realizar críticas o correcciones, Jakob evitaba aplicar los instrumentos comunes del derecho laboral, las amonestaciones o medidas similares que tuvieran que consignarse en la hoja de servicios. No le gustaba esa forma de disciplinar al personal a su cargo. Prefería la “entrevista laboral privada” o la carta “laboral privada”, que no estaban destinadas a su constar en actas, pero sí eran claras en el mensaje y generalmente eficaces. Tan pronto como uno se ganaba la confianza de Jakob, era posible confiar plenamente en su apoyo, como yo mismo lo experimenté durante una situación crítica que surgió en un proyecto.

Querido Heribert,

Gracias por habernos hecho llegar esta noticia, aunque que sea muy triste. En los tiempos que corren 73 años es una edad completamente temprana; a la luz de sus antiguas y constantes contribuciones, Jakob merecía haber estado con nosotros por más tiempo. En todo caso lo que él construyó, y que usted y su equipo continúan haciendo, permanecerá como un perdurable, fértil y siempre fresco monumento suyo.

Con los mejores deseos para todos ustedes, Siempre suyo,
John Oxenham

En el proyecto que dirigí en la ciudad colombiana de Santander, viví una fase de intensa confrontación con mi socia de proyecto, la directora del Departamento de Educación de Adultos de la Secretaría de Educación Departamental. Estos conflictos debían resolverse en la próxima visita de proyecto programada de Jakob, a quien yo ya había informado de manera franca y detallada sobre los aspectos problemáticos. No viene al caso explicar aquí en detalle de qué se trataban. Lo que sí me parece importante es recordar la absoluta solidaridad de Jakob con mi argumentación, con mis sugerencias y, especialmente, con mi persona, respecto de la cual, desde que pisó suelo colombiano, no permitió que se manifestara duda alguna ni en mi presencia ni frente a los demás interlocutores. Recuerdo con mucha precisión cómo preparábamos minuciosamente las entrevistas con los colombianos, como analizábamos todas las posibles líneas de argumentación, como realizábamos negociaciones de prueba en que yo asumía el papel de los socios antagonistas. Luego, las negociaciones se desarrollaban en un tono amable, pero con una postura clara, y conducían a una solución consensuada con el gobierno departamental.

En particular, recuerdo cómo Jakob se preocupaba personalmente de sus colaboradores, mucho más allá del marco laboral. Sobre el particular podrían contarse muchas historias, como la de un ex funcionario local alemán que luego de veinte años en el extranjero tuvo que regresar a Alemania, donde pudo encontrar un empleo en la oficina técnica que le procuró seguridad hasta jubilarse; de la esposa latinoamericana de un colaborador, la que enfermó gravemente siendo aún joven y para la que consiguió un lugar donde instalarse en Alemania para someterse a exámenes y tratamientos en una clínica especializada; del hijo de una socia africana que quería estudiar en Alemania, para quien las puertas del domicilio particular de Jakob y su mujer siempre estaban abiertas para solicitar consejo y ayuda, o simplemente para pasar el fin de semana; de la hija de un conocido suyo en Latinoamérica, para la que consiguió una plaza en una universidad alemana luego de que su padre falleciera a causa de un accidente; y así muchos casos más. Lo notable era siempre el admirable interés de Jakob por los asuntos y las preocupaciones personales de sus colaboradores y conocidos, y su disposición a interceder en favor de ellos. Un ejemplo de mis propios recuerdos: cuando hace años visité a mi madre – que en ese entonces ya estaba enferma- por su cumpleaños en Hamburgo, recibí una llamada totalmente inesperada de Jakob. De alguna forma se había enterado y no había olvidado que ella estaba de cumpleaños el mismo día que él. La saludó, le preguntó sobre su salud y conversó con ella algunas trivialidades, lo que a él se le daba muy bien. Para ello recurría a la técnica de referirse muy abiertamente a algún acontecimiento o a alguna experiencia dando a los oyentes la sensación de estar ellos mismos familiarizados con el asunto, como si supieran los nombres de los involucrados y actuaran como confidentes. Muy a menudo encontraba puntos en común respecto del oficio, el lugar de residencia o el origen de sus interlocutores. Después de esa llamada, mi madre – quien recibía con mucho gusto las atenciones por parte del jefe de su hijo – estuvo muy emocionada durante el resto del día. Desde entonces y hasta su muerte no hubo ningún cumpleaños en que no recibiera una llamada de Jakob.

The young Jakob Horn and his staff

El joven Jakob Horn y sus colaboradores
Fuente: DVV International

Jakob no era el teórico que formulaba sus pensamientos y conceptos con precisión científica. No se destacó como autor de ensayos, documentaciones o análisis. Quedará en el recuerdo más bien como un narrador de cuentos. Su punto fuerte era la comunicación hablada. Era un apasionado de las conversaciones telefónicas, en las que siempre lograba distender el ambiente mediante comentarios y observaciones personales. Podía hablar por teléfono con el entonces Secretario General de la Unión Demócrata Cristiana y comentar después que se rieron por tener ambos dificultades para manejar las numerosas teclas de los modernos equipos telefónicos. Buscaba el contacto personal, tanto en el Instituto como fuera de él. Nunca fue al Ministerio para tratar algún asunto sin darse una vuelta por los diversos departamentos con los que el Instituto había tenido contacto en el pasado y con los que podría volver a relacionarse en el futuro. Era conocido y apreciado por las organizaciones cuyos caminos se cruzaban con los suyos en el área de la cooperación para el desarrollo, así como por las demás entidades de asistencia en el área de la «estructura social», las fundaciones políticas y las iglesias, la GTZ, con la que la DVV se encontraba una y otra vez en comités de trabajo, como aquel dedicado a la formación básica.

Le gustaba recibir visitas, lo que respondía a su afán de conocer gente nueva y a su interés siempre vivo por adquirir nueva información. Jakob aprovechaba estas ocasiones para establecer nuevos contactos y para descubrir nuevas posibilidades de trabajo, las que— luego de las conversaciones —debían ser sometidas a estudio y, en caso necesario, profundizadas. En esas ocasiones integraba a menudo a otros colaboradores del instituto. Guardo el vivo recuerdo de la visita del autor polaco Andrzej Szczypiorski, quien en ese entonces buscaba nuestro apoyo para una iniciativa de educación de adultos en la ciudad de Kalisz, o de las diversas visitas del conde Krockow, quien quería conquistar a la DVV como socio con miras a la creación de un centro de encuentro alemán-polaco, para lo cual se proponía habilitar la antigua residencia de los Krockow en Pomerania. Dicho sea de paso, las dos visitas lograron su propósito.

Jakob ya había trabajado casi 20 años en el instituto, la mayor parte del tiempo como director. Bajo su administración, la oficina técnica con su puñado de colaboradores se había convertido en un instituto con más de 100 empleados en el país y en el extranjero. Había reconocido el signo de los tiempos y negociado con el BMZ la posibilidad de desarrollar proyectos de cooperación con los países de Europa Central y Europa Oriental luego de la apertura del telón de acero. Nuestras primeras oficinas de proyecto debían establecerse en Polonia y Hungría. Recuerdo nítidamente mi sorpresa cuando me pidió mi opinión acerca de la posibilidad de que él mismo asumiera la dirección del programa en Hungría. Jakob se identificaba tan claramente con el papel de director de instituto que en un principio me resultó difícil imaginármelo cumpliendo una función distinta, y también imaginarme el instituto en Bonn sin él.

Querido Heribert, queridos amigos y amigas:

Nosotros en Hungría, y yo personalmente, hemos perdido a una gran persona. La carta de Elin llegó esta mañana a mi buzón de correos. No tengo palabras, ya que las palabras son insufi cientes. Necesitaría varios días para contar y rememorar tantas cosas. Lo que es seguro es que estamos planifi cando dedicarle un capítulo especial de nuestro próximo número de la revista del MNT, y que probablemente organizaremos un encuentro de conmemoración de todo lo que hizo en Hungría. De todas maneras por favor tomen contacto conmigo si es que están planeando algo. Ahora quiero escribirle una carta a Elin, y nada más.

Sin palabras.
Saludos amistosos para todos/as ustedes,
Janos Sz. Toth
Un buen amigo húngaro de Jakob, y colega suyo

No obstante, luego de considerarlo más detenidamente, ya no me cabían dudas. Jakob estaba familiarizado con los húngaros. Después de todo, se había criado junto con húngaros en la zona de Batschka. Tenía buenos contactos en Hungría – esporádicos, pero tanto más valiosos cuanto que se remontaban a la época previa a la reunificación alemana, cuando había visitas de delegaciones entre la tradicional Asociación Húngara para la Difusión de Conocimientos Científicos —la TIT— y la DVV. Era un gran conocedor de la educación de adultos alemana, especialmente de las universidades populares, y en Hungría estos conocimientos eran muy requeridos. Ayudó a formar numerosas asociaciones con universidades populares alemanas. Su encanto halló muy buena acogida en Hungría. Muy pronto ya era conocido en todas partes y gozaba del aprecio de todos. Dominaba el arte de cooperar con todas las organizaciones competidoras —en parte estatales, en parte semiestatales, en parte surgidas de la antigua oposición— que se veían mutuamente con recelo, reuniéndolas a todas en torno a una mesa. Superaba las barreras del idioma con cordialidad. Quizás no exista mejor prueba de ello que los viajes de misión a Hungría con el gestor húngaro del proyecto. Éste no hablaba ni alemán ni inglés; Jakob, sólo algunas palabras en húngaro que recordaba de su niñez, pero los dos se llevaban de maravilla, se reían mucho y se sentían unidos por una profunda amistad. En esa ocasión Jakob demostró nuevamente su capacidad de comunicarse con cualquier persona, sin importar si pertenecía a un estrato social alto o bajo. Cuando al cabo de cuatro años regresó a Alemania con la condecoración «Pro Cultura Hungarica», dejó atrás un enorme círculo de amigos y socios que lo extrañaron durante mucho tiempo. Mantuvo hasta su muerte el contacto personal con varios de los amigos y colaboradores más cercanos.

Cuando Jakob se retiró del servicio activo, lo hizo con mucho pesar; sin embargo, mucho mayor era su alegría por haber alcanzado el «Genussstand» (estado de goce), como él denominaba el período de jubilación en idioma austriaco antiguo. Habría tenido algunos problemas con ciertas innovaciones en la gestión de proyectos moderna. Había comprendido bien la situación cuando las mujeres en México aprovecharon la visita de los evaluadores de Alemania que analizaban su proyecto sobre carne de pollo, para invitarlos a comer pollo asado y festejar con ellos en lugar de realizar un cálculo de costo-beneficio y dejar que las visitas comieran solas después de la revisión. Sabía que la vida social y el contacto pueden ser tan importantes como los resultados medibles en cifras. Además, para él la autonomía de los grupos destinatarios con respecto a su trabajo de proyecto era mucho más importante que las ubicuas exigencias actuales relativas a procesos de planificación, indicadores de eficiencia o procedimientos de control de calidad.

No era difícil llegar a un acuerdo con Jakob al momento de determinar los aspectos medulares del trabajo, las tareas prioritarias del instituto, y las tareas también importantes, pero secundarias. Siempre basó sus sugerencias y decisiones en las directrices del Instituto que exigen tomar partido por los pobres, cumplir con la tarea emancipadora de la educación de adultos, respetar a los demás dentro del marco de la asociación, considerar sus posibles susceptibilidades. El hecho de actuar con humildad, de resaltar los logros del socio en lugar de los propios y de ganarse el respeto y el aprecio de socios y colegas era para él más importante que la desmedida y al parecer indiscutible imagen de nosotros mismos que proyectamos actualmente. Fue un privilegio haber colaborado con él casi veinte años.

Con su calidez, su humanidad y su conocimiento del ser humano, su encanto, su sociabilidad ajena a toda arrogancia elitista, su seriedad y su confiabilidad, su sensibilidad y compromiso con la equidad social, su sentido de lo correcto, su enorme conocimiento hasta de los mínimos detalles de la actualidad y de la historia de los países en que trabajamos, su capacidad de memorizar personas y acontecimientos, su amabilidad, su estilo democrático de liderazgo, su carisma, en fin, con toda su persona Jakob preparó el terreno para que el instituto pueda estar donde está. Tenemos muchas razones para recordarlo con gratitud.