Habilidades para la vida en el siglo XXI: ¿Tenemos lo que se necesita?

Sonja Belete es directora general regional de DVV para África Oriental y el Cuerno de África. De origen sudafricano, ella comenzó sus estudios y su carrera en Sudáfrica y ha trabajado en toda la región de África Meridional como coordinadora de REFLECT para ActionAid. Posteriormente trabajó como coordinadora de programas sobre medios de subsistencia sostenibles de Care International y del PNUD. Los programas de desarrollo siguen siendo su pasión, y sus campos de especialización son la educación de adultos, los medios de subsistencia sostenibles y la gobernanza.

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Hace algunos años, asistí a un curso de capacitación sobre el Marco para los Medios de Subsistencia Sostenibles, y por primera vez adquirí una clara percepción conceptual de la relación y la mutua dependencia entre las capacidades (competencias, habilidades, conocimientos), del acceso a los recursos, y de cómo aprovechando la combinación entre ellos (capacidades y recursos) al realizar distintos tipos de actividades para ganarse el sustento se puede (o no se puede) lograr una subsistencia sostenible. También aprendí sobre el entorno político-institucional, social, económico y físico, y sobre cómo determina en diferentes niveles (desde el local al nacional) la capacidad de una persona para realizar actividades de subsistencia y soportar tensiones y situaciones traumáticas. Por cierto que la capacitación me entregó las herramientas para evaluar medios de subsistencia sostenibles, para promover una causa e influir en las políticas, y para capacitar a otras personas. Pero su beneficio concreto trascendió mi ámbito profesional, pues me ayudó a analizar mi propia vida, mis propias capacidades, el acceso a los recursos y el entorno que me rodea. Me permitió adquirir consciencia de que necesito contar con mi propia estrategia de subsistencia; con planes para imprevistos; con la aptitud para anticiparme al futuro e interpretar las señales de mi entorno, para forjar mis propias capacidades y así asegurarme de poseer un medio de subsistencia sostenible, lo cual significa mucho más que recibir un sueldo, ya que además implica vivir una vida saludable y plena.

Lo anterior sigue siendo válido hoy en día y me parece que también lo será el futuro. Tal parece que la mayoría de nosotros somos lo suficientemente capaces para adquirir las competencias y habilidades que requerimos en el lugar de trabajo. Planificamos y financiamos diferentes modalidades de educación y capacitación, y recibimos sus enseñanzas, pero rara vez consideramos las habilidades sociales, individuales y reflexivas que también debemos poseer para gestionar nuestra vida cotidiana: las así llamadas habilidades para la vida. La mayor parte de mi generación consideraba que las habilidades para la vida se adquirían y desarrollaban de manera muy informal o, por así decirlo, sobre la marcha. Actualmente forman parte de muchos currículos de escuelas y de instituciones de educación de adultos, por lo que niños, jóvenes y adultos pueden recibir diferentes tipos de formación que les permitan desarrollar habilidades para la vida tales como la comunicación, la negociación, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, etc.

Existen muchísimas definiciones de habilidades para la vida, pero la que más me convence es la simple afirmación de que “las habilidades para la vida se refieren a las habilidades que se necesitan para sacar el máximo provecho a la vida”. A juicio de Madhu Singh (Instituto de Educación de la UNESCO, Hamburgo), más que formular una definición, es importante preguntarse cómo las habilidades para la vida están presentes en diversas situaciones de nuestra existencia, y cómo influyen en el empoderamiento de la gente. Si pensamos en el siglo XXI, tal parece que lo único de lo que podemos estar seguros es de que en nuestras sociedades ocurren cambios dinámicos, y de que las situaciones complejas y apremiantes nos obligan a poner en práctica atributos consubstanciales a todos nosotros: habilidades, capacidades y el potencial para la resolución creativa de problemas.

Al revisar el cronograma de mi propia adquisición de habilidades para la vida, me doy cuenta de que efectivamente el factor contextual es algo tangible, y de que he desarrollado y aprovechado diversas habilidades para la vida en diferentes épocas, adaptándome a las exigencias del entorno. Cuando cada año visito mi país natal, me encuentro con cambios tecnológicos que me desconciertan (nuevos parquímetros, extraños dispositivos que permiten comprar entradas para el cine, etc.), pero me enorgullezco de ser capaz de desplazarme por el tráfico de Adís Abeba, de conseguir un fontanero o un electricista en Etiopía sin recurrir a las páginas amarillas ni a un directorio en línea, y de poder comprar semanalmente mis verduras haciéndome entender en amhárico (el idioma local).

Seguí ahondando en el tema y me percaté de que, más allá del factor contextual, es importante preguntarme si las habilidades para la vida que he adquirido realmente me empoderaron y me permitieron mejorar y sacar el máximo provecho de mi vida. ¿Influyó de alguna manera el hecho de que yo fuera mujer en el tipo de habilidades para la vida que necesité y adquirí, o acaso un mismo criterio se aplica a todos los casos?
Las investigaciones han demostrado que las habilidades para la vida se desarrollan como resultado de un procesamiento constructivo de información, impresiones, encuentros y experiencias —tanto individuales como sociales— que forman parte de nuestra vida y nuestro trabajo cotidianos. Las dimensiones sociales revisten particular importancia, porque determinan la vida propiamente tal. Los aspectos políticos, institucionales, económicos, de género y de otra naturaleza influyen más marcadamente en el tipo de habilidades para la vida que requerimos.

Tras revisar algunas investigaciones recientes sobre habilidades para mujeres que ocupan puestos de liderazgo, no podía creer que todavía tengamos que luchar contra tantos estereotipos. Al parecer, las mujeres que ocupan altos cargos deberían responsabilizarse personalmente de lograr sus objetivos invirtiendo en sí mismas para progresar en diversas áreas. Por ejemplo:

  • Adquirir habilidades para transformarse en una persona más asertiva y segura de sí misma.
  • Tomar conciencia de los rituales de comunicación.
  • Aprender sobre técnicas de negociación.
  • Invertir en la adquisición de competencias técnicas, inteligencia cultural y emocional, etc.

Mi reacción inicial fue que esas sugerencias recuerdan en cierta manera los consejos ofrecidos en las revistas femeninas de los años sesenta y setenta, que recomendaban a las esposas tratar a su marido de determinada manera. Por ejemplo, cuando él regrese a casa del trabajo, espérelo en la puerta, téngale preparada una comida caliente, etc. Luego me vinieron a la memoria dos afirmaciones clave:

  • Un modo de vida sostenible no tiene que ver sólo con mis capacidades y con mi acceso a los recursos, sino además con el entorno en el que vivo y me desenvuelvo, y con la manera en que lo interpreto, lo gestiono e influyo en él.
  • Como las habilidades para la vida son contextuales, hay que desarrollar lo que es necesario para un momento y un contexto específicos.

De modo que, sí, tal vez las mujeres hacemos algunas cosas de manera distinta (nos comunicamos y negociamos de otra forma), y quizás durante algún tiempo hemos desarrollado nuevas habilidades para la vida con el fin de acceder a oportunidades en un ambiente que no es tan equitativo como quisiéramos. Al mismo tiempo, es probable que poseamos algunas competencias y habilidades para a vida que pueden favorecer efectivamente los cambios y dinámicas que estamos experimentando.
Por último, decidí enviar el siguiente “mensaje a mí misma”:

  • Tal parece que poseo una competencia pertinente en la mayoría de las así llamadas diez habilidades para la fuerza laboral del futuro (sí, puedo captar el sentido de una situación; creo que poseo un pensamiento original y adaptativo, competencias interculturales, etc.). Sin embargo, también adolezco de algunas lagunas en lo referente a las nuevas redes sociales (por ejemplo, me niego a abrir una cuenta de Facebook).
  • Como mujer, soy capaz de desenvolverme de manera similar o distinta a la de mis colegas masculinos. No obstante, empleando las habilidades para la vida que ya poseo, puedo negociar condiciones que se traduzcan en un mayor espacio para mí y para otras mujeres (en el lugar de trabajo y en la sociedad).
  • ¡Tal vez la habilidad para la vida más importante sea la capacidad y la disposición para aprender!