Editorial

Aprendizaje seriamente inútil

Johanni Larjanko
Redactor jefe

  

 

 

 

 

La mayoría de las personas no tiene la menor noción sobre educación de adultos. El aprendizaje se realiza en la escuela, cuando somos niños, y consiste en aprender a leer y escribir. Es cierto que hay lugares en el mundo donde no existen escuelas; hay muchas personas que nunca verán el interior de una sala de clases. Resulta indudable que saber leer, escribir y calcular es un requisito fundamental para poder desenvolverse en la mayoría de las sociedades actuales. Necesitamos esas habilidades para organizar nuestra vida en el mundo moderno. Lo anterior es válido tanto para los niños y niñas como para los adultos. El hecho de no contar ni siquiera con la formación práctica más elemental mantiene a muchas personas atrapadas en un círculo vicioso de pobreza y desesperanza, realidad que ha sido reconocida en todo el mundo. En el último tiempo se han suscrito acuerdos con el fin de subsanar este problema; me refiero a los ODS, los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Así pues, contamos con metas, con cifras específicas, con plazos convenidos, lo cual no constituye ninguna novedad, ya que en el pasado hemos sido testigos de una situación similar. Los resultados son ­diversos, pero están muy por debajo de los objetivos acordados. Nuestra solución ha consistido en reformular los acuerdos y volver a intentarlo. Hoy en día, los especialistas de todo el mundo coinciden en que si garantizamos una educación para todos ayudaremos a las personas a abandonar ese círculo vicioso. ¿Y quién podría discutirlo? Desgraciadamente, en estos casos por lo general se acaba prestando una atención preferencial a la educación primaria.

El problema es que también es preciso educar a los padres. La educación de adultos posee un historial comprobado de mejoramiento de la calidad de vida de las personas, ya que efectivamente contribuye a empoderarlas. No obstante, muchos especialistas de nuestro sector recurren a argumentos socioeconómicos a fin de promover un aumento de la financiación para la educación de adultos y un mejoramiento de su condición. Cuando efectivamente se debate en torno a la educación de adultos, se suelen utilizar términos como “competencias empresariales” y “empleabilidad”. Según se afirma, la educación de adultos nos ayuda a conseguir un empleo, y de ese modo mejora nuestra situación. Ella “fomenta la cohesión social” y crea un “capital social”. ¿Quién puede discutirlo?

Sin embargo, permítanme actuar como un provocador y poner palos en la rueda. Si, como educadores de adultos, tratamos de emular la jerga económica del mundo empresarial, siempre llevaremos las de perder. ¿Por qué? Porque el aprendizaje es mucho más que eso. El aprendizaje no es un producto que se ofrece en un mercado. No somos cifras. Y el aprendizaje no consiste en transferir un conjunto predefinido de aptitudes o comportamientos deseados. Aprendemos porque somos humanos. Aprendemos porque está en nuestra esencia. El mejor obsequio que podemos hacerles a los demás es encender en ellos una chispa de curiosidad y formularles preguntas, no entregarles las respuestas. El aprendizaje es frágil; es un viaje cuyo destino final desconocemos. Adoptar esta visión del aprendizaje a lo largo de toda la vida es aceptar la incertidumbre. Es reconocer que no controlamos la situación. Desarrollar un país no consiste en copiar el modelo de otra nación. La educación de adultos tiene muchos papeles importantes que cumplir, y su impacto es incuestionable, pero no siempre se trata de los papeles y del impacto a los que nos referimos con frecuencia.

Un buen educador de adultos es aquél que se dedica más escuchar que a dictar clases. Un buen sistema de educación de adultos nos anima a asumir riesgos, acepta los fracasos y permite que se cultive el aprendizaje seriamente inútil, pues sabe de sobra que gracias a lo inesperado podremos cosechar los frutos más valiosos: personas independientes, imaginativas y felices.